HÉROE IDEAL
Altas son las torres erigidas frente a sus ojos. Tres su cantidad y gris su húmeda fachada. Esqueléticos árboles, tierra y viento sibilante lo acompañan en la desolación. El héroe se pregunta en cuál de las tres torres estará su amada doncella. Grita su nombre y solo el eco le responde. De una bolsa de piel extrae unas semillas que lanza al aire. Luego las ve en el suelo y, como si estas hubiesen respondido a su pregunta, se dirige, ya sin duda alguna, a la torre central. Dentro de la torre una larga escalera serpentea hasta una cumbre que el héroe no alcanza a vislumbrar. La oscuridad de las alturas lo recibe mientras este asciende con paso precavido y firme. A su izquierda, la pedregosa pared de la torre se extiende infinita, polvorienta; a su derecha, el vacío en las sombras se ahonda. El héroe ve lámparas de antorcha empotradas en la pared y se lamenta por no haber traído nada con qué hacer fuego. La tenue luz de la luna a medio aparecer le alumbra un poco, pero no tanto como él desearía. Piensa en su amada mientras transpira, sin saber si el calor es producto de la rabia, del miedo, del ascenso a la cumbre o de todo junto. La torre parece interminable, sin pisos intermedios, solo una escalera que parece que terminará en el cielo. De pronto el recuerdo de su amada le evoca lágrimas, hondo arrepentimiento por no haberla cuidado como debía. Y rabia y frustración le evoca la terrible visión de aquel que la secuestró frente a sus ojos. El Héroe toma asiento en un escalón, agotado bajo el fardo que le sirve de armadura. De otra bolsa de piel toma un pedazo de pan y come sin sentir su sabor, concentrado su pensamiento en ella, en el día en que la conoció en el castillo del rey. Luces de velas sostenidas por lámparas doradas, colgadas del techo, con numerosas extremidades cual arañas de mazmorra iluminaban el lujoso salón de fiestas del palacio real. Mesas turgentes de viandas de carne y harina eran rodeadas por ávidos comensales, y arriba en el balcón músicos amenizaban con sinfónica melodía, y abajo, al fondo, el rey en su trono libaba blanco vino, y a su derecha el salón de baile y ella, la única, la bellísima princesa danzando, y a su lado ella, la reina de su corazón, la sirvienta de la princesa, la amada de nuestro intrépido héroe, de este guardián del castillo trocado en solitario salvador.
Ahora llueve. Entre las ventanas sin vidrios de la torre ruge el cielo y escupe centelladas. La música de violín de aquella fastuosa fiesta retumba en su cabeza y lo reviste de energía mientras retoma su aventura. Su amada bailaba esta música con encantador disimulo, sin que nadie la viese, sabiéndose indigna de una danza reservada para la nobleza. Pero él sí la veía y no podía evitar sonreír. La princesa iluminada con sus afeites le parecía como luciérnaga en la noche al lado de su sencilla e inspiradora mariposa, de belleza que no interrumpía la presencia del sol ni su ausencia. No era el rostro más bello, no era el cuerpo perfecto, era solo ella, una femenina gracia, una traviesa liviandad, un detalle en la pintura que solo él lograba percibir en la lontananza del pincelado paisaje, la diminuta mariposa en el gran bosque. Pero ahora alguien había capturado esta belleza para sí mismo encerrándola en un vulgar y asfixiante frasco. Debía encontrarla, subiría todas las torres si era menester hacerlo, por ella, por ese punto en el vacío lo abandonaría todo, incluso la vida.
Al
fin un haz de luz asoma en la pared, una habitación tal vez. El héroe acelera, empuña su espada sin desenvainarla, se agita su
respiración reverberando en el silencio, corre desesperado hacia donde su amada
sufre sin él.
Entra,
desenvaina la espada, pasa al lado de una puerta de madera, abierta, iluminada
por trémula luz de vela en un candil que cuelga de una pared en la entrada, a
la izquierda. A su derecha ve una mesita con un jarrón de cerámica y boronas de
azúcar sobre ella. A sus pies descansa una alfombra de piel de tigre blanco,
sin embargo algo más atrae su atención, algo a la altura de sus ojos, a unos tres
metros, una cama con dosel que se agita como poseída, su tejido en cortinaje
velando a los ocupantes que al fulgor de otra vela en la mesa de noche se
transforman en terribles siluetas, fantasmagóricas sombras revolviéndose en la
indulgencia sin sol.
El
héroe erige su espada con una mano y con la otra descorre el velo y allí la ve
a ella, a su mariposa revoloteando alegre sus angelicales alas con otro que no
es él y jamás lo será.
Dragón Azul

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