miércoles, 20 de febrero de 2019


LA VIDA ES BELLA
NOCHE # 1
(FEBRERO 2 DE 2012)

          
Un río de aire cual espanto llegó, filtrándose entre las tinieblas de la noche y los arbustos del jardín. El impetuoso ventarrón embistió mis ojos, embistió mis orejas, pero no me inmuté: no cerré mis ojos ni giré mi cabeza. Con desdén, con esa consabida indiferencia mía, observé como las hojas de los arboles agitadas bailaban el ritmo enloquecido de la ventisca, el mismo ritmo que hasta entonces bailó mi espíritu extraviado. Musical fue para mí el sonido de aquel baile y choque desenfrenado de ramas y hojas, como placentero fue el cosquilleo en mis bigotes, y exquisito el olor de la noche, el sabor de su sonido, la dulzura de su voz callada. Enloquecido, entre las sensibles vibrisas de mis labios el viento manifestó su ira, su confusión, su desprecio por todo lo que estaba a su paso. El viento fue locura de aire, rabia invisible, fría y escalofriante; el soplo del cielo, la furia de la tierra. 

Las últimas hojas sobre mí cayeron: secas, ocres, muertas y derrotadas; y así, por un instante, por una eternidad, fui dueño de la noche, fui sosiego como las hojas, claudiqué ante la embestida del viento y me dejé llevar: me desprendí, morí, renuncié al mundo y me elevé: con mis pensamientos me elevé, con mi alma trascendí, del tejado de mi casa salté y en caída libre surqué el hondo vacío; y fui uno solo con el viento, con los árboles y sus hojas y sus ramas, con el cielo oscuro y la luna iluminada. Fue mi espíritu el clamor del cielo, fui yo la furia de la tierra, la vesania del viento y mi atribulado corazón de gato. Pero vana fue mi renuncia a la vida: tras mi salto al vacío, como todo inmortal felino, caí en mis cuatro ligeras patas sobre el frío suelo adoquinado. La fea costumbre de nuestra especie de sobrevivir a todo evitó mi anhelada muerte. ¿Serán siete o nueve nuestras vidas? No importa: siete, nueve, una o media son demasiadas, y poquito es mucho y mucho es doloroso.

Vibraron mis orejas: de la lejanía un ruido callado llegó a mi agudo sentido del oído. A lo lejos, vi la fuente del sonido: un gato pardo taciturno que caminaba con femenina gracia, presumiendo de esa elegancia común en nuestra especie. Por sus movimientos, por sus maneras lentas y medidas, inferí que el gato en realidad era gata, una gata única, una gata hermosa. Mi corazón latió más rápido esa noche, dentro de mí todo se sacudió como árbol atrapado en ventisca. Ella, cual viento furioso, cual vendaval huracanado, llegó sin avisar, y sin avisar se iría; pero no sin antes, como viento enloquecido, sacudir la vida que encontró a su paso. Ya ni los arbustos del jardín, ni las tinieblas de la noche, ni los árboles con sus ramas y hojas serían los mismos: ya nunca fui el mismo. Con inusitado movimiento la gata siamés emprendió rápida huida tras la llegada de una ruidosa motocicleta. 

Acalló el traqueteo del motor que asustó a mi amada, y un hombre grande se apeó de la moto. Vi como mi gata adorada se difuminaba en la lejanía, y como el motociclista cruzaba el jardín y se encaminaba hacia la puerta trasera de mi casa. Abrió la puerta que daba a la cocina, haló la puerta de la nevera, comió tres trozos de mortadela con pan, bebió un extraño líquido burbujeante de color negro y eructó. ¡Imbécil! Provocó la huida del amor de mi vida, su sucio par de patas mancillaron el escenario de mi melancolía, mi jardín, y para terminar de completar como mi ama dice (ama es un decir porque los gatos no tenemos amos), como ladrón entro por la puerta de atrás y se repantigó a sus anchas en una silla para tragar, beber y eructar como cerdo.

Desde el vano de la puerta miré al intruso fijamente, y él devolvió una mirada más intensa aún, tras lo cual, gesticulando con repugnancia, torció sus labios plagados de migajas de pan y rebuznó a grito herido: - ¡Claudia! ¡Te dije que soy alérgico a estos bichos! ¡Sácalo de la casa de una vez, maldita perra desconsiderada! La pe… perdón, Claudia (mi “ama”), bajó las escaleras atropelladamente, como quien huye del mismísimo demonio; ¡pero qué va! Si iba en pos del mismísimo diablo, de ése que se había adueñado de la cocina, de la casa y de su vida. 

En escena entró ella con su despeinado y brillante pelo dorado, sus ojos claros, claros como su piel cetrina, expresivos como su armonioso rostro desfigurado por la expresión del miedo y del dolor. Sentí pena por ella, por la niña que arriba dormía, por mí y hasta por el “cerdo asqueroso” como yo solía llamarlo. La vecina también se refería a él con el mismísimo apelativo indignante (fue ella la que se inventó el apodo). Ese buen hombre hizo méritos suficientes para hacerse odiar hasta de la mismísima madre. Pero allá él, allá él con sus ojos cafés de mirada unas veces violenta, otras veces lasciva, borracha, muerta, carente de alma por el demonio que desde dentro consumía sus últimos despojos, las sobras de lo que antes fue un hombre. Mi Claudia, mi sufrida Claudia… La pobre nunca tuvo el carácter suficiente para enfrentar al demonio que poseyó a su casa, a ella, a su hija y a mí. A mí porque nunca más pude conciliar tranquilamente el sueño desde la llegada de la bestia a nuestras apacibles vidas. 

El demonio, el puerco, el sucio, pasó su sucia mano por su sucia boca, del bolsillo de su chaqueta sacó una botellita de aguardiente, muy pequeñita, bebió dos tragos, luego otro más, y con la brusquedad acostumbrada en él, se paró de la silla haciendo que ésta cayera al suelo, levantó su mano como quien blande un cuchillo, dio tres pasos rápidos al frente y en la delicada mejilla de Claudia estrelló su mano con tal fuerza violenta, que el golpe sonó como latigazo e hizo eco. Sí. La golpeó. Sin motivo la golpeó. Él era así. ¿Quién necesita de motivos? ¿Para qué motivos? La pobrecita… La pusilánime apenas si podía creerlo... En sus ojos azules vi la sorpresa: sus dilatadas pupilas, sus parpados muy abiertos, su inerte mirada… El sopapo del cerdo había sido contundente. Esa misma noche, en ese mismo instante, en esta misma casa Claudia murió por dentro. “2 de febrero de 2012: en esta tumba yace Claudita, enterrada para siempre bajo la atrabiliaria voluntad de la bestia”. Con mi pata me persigné y le deseé el descanso eterno a su alma agobiada. Lamentablemente para ella, mi deseo tardaría en realizarse: se levantó del suelo como pudo, con una mano adherida a un costado de su magullado rostro se dirigió a la nevera cuya puerta permanecía abierta, del congelador tomó un cubo de hielo y lo puso sobre la hinchazón. ¿Eran lágrimas las que resbalaban por su mejilla? ¿O era agua de hielo derretido? Yo digo que era agua, porque los muertos no lloran y Claudita acababa de morir por dentro.

El cerdo oliscó como caballo y se fue a su habitación, o mejor dicho, a la habitación de Claudia. Ni siquiera la miró antes de irse: cachetada, venteo nasal y retirada. El perfecto asesino, incólume segador de inocentes vidas. 

Claudia y yo nos quedamos solos en la cocina, en la soledad del silencio de nuestras almas, su recién adquirida tumba. Por entre los barrotes de la ventana de la cocina se filtró una luz, la luz de la luna llena. Aquella luz pálida, resplandeciente, iluminó la oscura humanidad de Claudia, dándole la apariencia de un ángel. Así, ante mí un ángel apareció, de rizos dorados y cuerpo de mujer atractiva, de rostro blanco de porcelana, de ojos azules mirando el suelo, de mano delicada sobre su delicada mejilla, de gotas y gotas de agua cayendo y mojando sus pies descalzos… Era un ángel en el infierno, un ángel de esos que en la comodidad de su casa vestían bata blanca de girasoles. ¿Eran lágrimas o era agua lo que caía al suelo? Deseé disipar mi duda, entonces lamí el líquido aquél: tenía un sabor salado.

Dragón Azul









SANCHO Y PANZA


Dos amigos conversaban en una cálida noche:


-Oye, Sancho.


-Dime, Panza.


-A veces… ¿a veces no has sentido como que haces y piensas y dices cosas que en realidad no provienen de ti?


-No te entiendo. ¿De qué me estás hablando, Panza?


-De eso, Sancho, de que estás quieto y de repente llega un pensamiento a tu cabeza, cualquier cosa, y entonces sientes el impulso de hacer algo relacionado con dicho pensamiento, haces ese algo pero luego te sientes arrepentido por haberlo hecho.


-Ajá, sí, como por ejemplo ahora que quiero dejar de oír tus tonterías y me he visto impulsado a decírtelo: ¡quiero dejar de oír tus tonterías! Pero oh, perdóname, no debí gritarte, Panza… ¿Algo así?


-¡Te hablo en serio, Sancho! Siento como que un montón de emociones llegan a mí, de repente, y actúo de una u otra manera de acuerdo a esas emociones. Por ejemplo unas veces soy jocoso, cuento chistes y quiero hacer reír; otras, en cambio, me siento muy triste sin razón aparente y me echo a llorar, aún sin entender qué me pasa y porqué me siento así; y, luego de llorar y caer dormido, despierto apático completamente, no deseo nada, ni siquiera levantarme de mi cama y la muerte se torna tentadora; pero, poco después, de nuevo, ¡es todo lo contrario! ¡Me siento tan feliz que ya no solo cuento chistes sino que siento mucha energía y quiero conquistar a una damisela recitándole un poema frente a su balcón, quiero luchar contra dragones, quiero ser admirado, quiero ser un rey, quiero tener muchas aventuras y vivir feliz para siempre! Es como un aluvión de emociones que me hace ser una u otra cosa, un aluvión que ya me hace ignorar quién soy realmente, que cubre mi verdadero yo bajo todas estas capas de personalidades activadas sin más.


-Vaya que estás chiflado, Panza… Creo que es mejor que vayas a descansar, a dormir un poco.


-Sí, tal vez tienes razón, Sancho… Estoy cansado… Cansado de sentir este vacío… Y mientras exista este vacío dentro mí, creo que siempre seré muchas cosas y al final no recordaré ni quién soy realmente… Olvidado de mí seré manipulable, un veleta al viento, un ser triste… No podré ser yo mismo de nuevo… En fin. Que duermas, Sancho.


-Que duermas, Panza. Y mañana, cuando despiertes, espero que ya te sientas mejor.


-Gracias. Lo mismo espero… Despertar y sentirme mejor –le dijo el calcetín con botones como ojos y tiritas de lana como pelo a su amigo Sancho y se marchó al cajón de juguetes, su habitación.


Dragón Azul





GÉNESIS

Y díjole Dios a sus hijos: “no comáis del fruto de aquel árbol”, pero sus hijos comieron y Dios los desterró para siempre de su casa. Y yo, aquel que invitó a los hijos de ese Dios a comer del fruto de ese árbol, fui condenado a la ignominia sempiterna que hasta hoy me estigmatiza. Pero déjenme, pues, contar mi versión de la historia, y sean ustedes al fin testigos de lo que realmente sucedió en el secreto jardín de la vida eterna y felicidad.

Eva caminaba por el jardín, desnuda, con sus largos rizos ondeantes en el límpido viento del paraíso, adornada con una flor de azahar sobre la oreja y pensativa como nunca antes la vi. Me acerqué a hablarle y me dijo que un algo, un llamado, un sentimiento la impelía a querer comer del fruto de la prohibida planta. Yo solo atiné a decirle: “si eso es lo que sientes, hazlo”. “¡Cómo crees que voy a desoír las ordenes de mi Dios!” dijo ella.

Al día siguiente, Eva mojaba sus rizos en las cristalinas aguas de una lagunita panda, bajo la luz del amanecer, en el sosiego que evocaba el bisbiseo de una cercana cascada. Ese día no me atreví a hablarle, pues su respuesta del día anterior me dejaba claro que para ella era más importante su lealtad a Dios que a sí misma. Pero en su mirada de nuevo observé la misma inquietud del día anterior…

Días después, Eva alumbraba el paraíso con su sonrisa. Me acerqué a preguntarle por el motivo de su inusitado cambio de humor. Ella me respondió con un parco “te hice caso”. En ese momento, Adán pasó detrás de nosotros, silbando una tonadita y brincando de roca en roca como conejo. Pero el cielo se encapotó de repente, y entre nubes grises y ominosos truenos un dedo apareció señalando a Eva, señalándome a mí. La atronadora voz disparó su enojada imprecación: “habéis traicionado a vuestro padre, al creador de vuestra vida y dicha. Os advertí no comer del fruto del bien y del mal, de la sabiduría vedada a los ojos del mortal. Mis vástagos mal habidos, del paraíso os destierro por traicioneros e impíos. Y tú, ave de mal agüero, agradeced que no os condeno al hirviente caldero, sino a perder las patas y el vuelo, y a arrastrarte en la vergüenza y el duelo. Desde hoy y para siempre tu nombre será serpiente. ¡Pero esto es insuficiente, mi ira no se sosiega con este castigo deficiente!” Se hizo el silencio. Eva sollozaba y Adán le acariciaba la cabeza, intentando calmarla. Entonces Dios volvió a hablar: “¡Lo he decidido por fin! ¡El hombre del hambre será esclavo, trabajará para comer y no morir! ¡Y la mujer que me indigna y ofende, sufrirá dolores al parir! ¡He dicho! ¡Largaos de aquí!”

Expatriados ya del país de las maravillas y de la gloria de su amoroso monarca, vagamos por la estepa, en silencio; hasta que Eva, caída la noche, con trémula voz, preguntó: “¿Qué es parir?” Adán alzó los hombros en señal de ignorancia. Tiempo después, supieron la respuesta, pues el fruto no era un fruto sino una simiente, de la cual nacieron dos frutos: el uno Abel, el otro Caín. Entonces Eva y Adán fueron vida, fueron creación, fueron como Dios, pero su fruto no era uno prohibido y la simiente era aquel sentimiento que en Eva nació: era aquello a lo que ustedes suelen llamar amor. 

Dragón Azul



HÉROE IDEAL

Altas son las torres erigidas frente a sus ojos. Tres su cantidad y gris su húmeda fachada. Esqueléticos árboles, tierra y viento sibilante lo acompañan en la desolación. El héroe se pregunta en cuál de las tres torres estará su amada doncella. Grita su nombre y solo el eco le responde. De una bolsa de piel extrae unas semillas que lanza al aire. Luego las ve en el suelo y, como si estas  hubiesen respondido a su pregunta, se dirige, ya sin duda alguna, a la torre central. Dentro de la torre una larga escalera serpentea hasta una cumbre que el héroe no alcanza a vislumbrar. La oscuridad de las alturas lo recibe mientras este asciende con paso precavido y firme. A su izquierda, la pedregosa pared de la torre se extiende infinita, polvorienta; a su derecha, el vacío en las sombras se ahonda. El héroe ve lámparas de antorcha empotradas en la pared y se lamenta por no haber traído nada con qué hacer fuego. La tenue luz de la luna a medio aparecer le alumbra un poco, pero no tanto como él desearía. Piensa en su amada mientras transpira, sin saber si el calor es producto de la rabia, del miedo, del ascenso a la cumbre o de todo junto. La torre parece interminable, sin pisos intermedios, solo una escalera que parece que terminará en el cielo. De pronto el recuerdo de su amada le evoca lágrimas, hondo arrepentimiento por no haberla cuidado como debía. Y rabia y frustración le evoca  la terrible visión de aquel que la secuestró frente a sus ojos. El Héroe toma asiento en un escalón, agotado bajo el fardo que le sirve de armadura. De otra bolsa de piel toma un pedazo de pan y come sin sentir su sabor, concentrado su pensamiento en ella, en el día en que la conoció en el castillo del rey. Luces de velas sostenidas por lámparas doradas, colgadas del techo, con numerosas extremidades cual arañas de mazmorra iluminaban el lujoso salón de fiestas del palacio real. Mesas turgentes de viandas de carne y harina eran rodeadas por ávidos comensales, y arriba en el balcón músicos amenizaban con sinfónica melodía, y abajo, al fondo, el rey en su trono libaba blanco vino, y a su derecha  el salón de baile y ella, la única, la bellísima princesa danzando, y a su lado ella, la reina de su corazón, la sirvienta de la princesa, la amada de nuestro intrépido héroe, de este guardián del castillo trocado en solitario salvador.


Ahora llueve. Entre las ventanas sin vidrios de la torre ruge el cielo y escupe centelladas. La música de violín de aquella fastuosa fiesta retumba en su cabeza y lo reviste de energía mientras retoma su aventura. Su amada bailaba esta música con encantador disimulo, sin que nadie la viese, sabiéndose indigna de una danza reservada para la nobleza. Pero él sí la veía y no podía evitar sonreír. La princesa iluminada con sus afeites le parecía como luciérnaga en la noche al lado de su sencilla e inspiradora mariposa, de belleza que no interrumpía la presencia del sol ni su ausencia. No era el rostro más bello, no era el cuerpo perfecto, era solo ella, una femenina gracia, una traviesa liviandad, un detalle en la pintura que solo él lograba percibir en la lontananza del pincelado paisaje, la diminuta mariposa en el gran bosque. Pero ahora alguien había capturado esta belleza para sí mismo encerrándola en un vulgar y asfixiante frasco. Debía encontrarla, subiría todas las torres si era menester hacerlo, por ella, por ese punto en el vacío lo abandonaría todo, incluso la vida.

Al fin un haz de luz asoma en la pared, una habitación tal vez. El héroe acelera, empuña  su espada sin desenvainarla, se agita su respiración reverberando en el silencio, corre desesperado hacia donde su amada sufre sin él.

Entra, desenvaina la espada, pasa al lado de una puerta de madera, abierta, iluminada por trémula luz de vela en un candil que cuelga de una pared en la entrada, a la izquierda. A su derecha ve una mesita con un jarrón de cerámica y boronas de azúcar sobre ella. A sus pies descansa una alfombra de piel de tigre blanco, sin embargo algo más atrae su atención, algo a la altura de sus ojos, a unos tres metros, una cama con dosel que se agita como poseída, su tejido en cortinaje velando a los ocupantes que al fulgor de otra vela en la mesa de noche se transforman en terribles siluetas, fantasmagóricas sombras revolviéndose en la indulgencia sin sol.

El héroe erige su espada con una mano y con la otra descorre el velo y allí la ve a ella, a su mariposa revoloteando alegre sus angelicales alas con otro que no es él y jamás lo será.


Dragón Azul